Una canción de BUSHIDO (un código de honor oriental, creo) dice en su estribillo: la Felicidad me está enseñando que hoy no soy feliz. Yo me pregunto “¿por qué no somos felices?”, y hay días en que lo tengo clarísimo, gracias a la ayuda del maestro Punset (y su obra “El viaje a la Felicidad”).

Hace escasas fechas vi a un montón de gente feliz. Perdón, no a un montón, a miles de personas felices. España, su selección de fútbol, había vencido en la final a Alemania y “éramos” campeones. La palabra importante y que explica la Felicidad de todos es “éramos”, porque todos nos sentíamos felices como niños o como monos sin barrotes.

Esa es una de las verdades que defiende la Psicología actual y con la que modestamente estoy totalmente de acuerdo: somos felices con los demás, sintiéndonos parte de algo mayor que nosotros, compartiendo nuestros momentos, nuestras inquietudes y todos los aspectos vitales, con parte de nuestros semejantes.

Desgraciadamente, y empujados por “la sociedad de la prisa”, nos hemos ido convirtiendo en seres más egocéntricos (todos vamos guapísimos/as a nuestra manera), más huraños (compartimos menos momentos con los demás), egoístas (sólo nos importa tener el coche o la casa más grande que la del vecino), y miles de atributos unipersonales más. Es una pena, porque yo recuerdo que en mis mayores instantes de felicidad siempre había alguien (o “alguienes”) a mi lado; siempre han sido vivencias compartidas. Sin embargo, nos empeñamos en seguir esta vida o este ritmo de vida:

Sales corriendo de casa para llegar a la hora al trabajo, porque hay bastante circulación; llegas a tu “curro” que, sea de oficina o al Lorenzo, acaba cansando, como todas las rutinas; durante el tiempo que estás haciendo la labor de “levantar el país” (o embolsarte un sueldo sin que te importe nadie) vas de una tarea a otra lo más deprisa que puedes, lo que reduce la conversación, bromas y demás con los compañeros/a, más bien al contrario, acabas el día embroncado con alguien; en este punto (si no antes) ya has perdido la oportunidad de compartirte con los de tu alrededor; te vas para casa, a comer a toda velocidad, como la del coche que conducías de camino a, y te enfadas con tus hijos, pareja, padres o lo que sea… a menos que, sea todo lo contrario: os relajáis, compartís la comida con bromas, comentáis las noticias o cómo va el día (¡un punto para la teoría de la “Felicidad compartida”!); después: quehaceres cotidianos y caseros (cada vez más individualizados) o vuelta al trabajo; cuando llegas a casa estás muy cansado/a y te pones a ver la programación de televisión solo, o como si lo estuvieras, que hablar queda feo; haces o te hacen la cena de mala gana; como mucho vuelves a comentar el día, pero ya estás cansado; de salir a tomar algo o ir al cine, a pasear, ya sea antes o después de llegar a casa o de cenar, ni hablamos…

Esto, a lo largo de una semana sí y otra también, machaca a cualquiera; aunque tengas esos pequeños momentos de desconexión familiar. Se necesitan más de esos mimbres y con más gente: amigos, por ejemplo. Imagínate, antes de llegar a casa por la noche, quedas a tomar algo en una terraza con los amigos/as; o te vas al cine con ellos; o a ver el parque nuevo aquel que aún no te ha dado tiempo porque llegas muy cansado entre semana y los fines-de-semana son para limpiar la casa. Cualquier opción es buena menos encerrarte en casa a seguir trabajando o a verle el cristal al televisor. Después puedes llegar a casa, cenar algo ligero que casi no necesite preparación, y compartir con tu pareja, familia, hijos o padres, las “chorradas” de las que te has reído con tus amistades. ¿No sería más relajado y mejor? O mejor no salimos de casa y así ahorramos para un nuevo televisor extraplano… Por cierto, la calidad visual de los televisores actuales y de los anteriores (“culones”) no es distinguible por el ojo humano (y ahora me río de lo tontos que somos), pero como el vecino lo tiene… Y ése es otro de los problemas: todo el día comparándonos y compitiendo con los demás. Tú te compras una moto, “po pa mi hijo una más grande”. Tú compras un televisor nuevo, “po el mío más grande y más plano”; y así hasta el infinito ¿No nos lo pasamos mejor cuando vamos todos a ver una peli o un partido a casa de un amigo con la excusa de que su TV o su reproductor de DVD es mejor que el del resto? Y cocinamos algo especial (un plato cada uno, para compartir); y alguien se encarga de las bebidas o del postre. Y nos quedamos un rato charlando antes de la película, porque nos gusta más eso que mirar a la caja. Y nos reímos juntos o compartimos nuestras vivencias algo más íntimas. Y al final lo de menos ha sido la película, ¿verdad?

Pues no, porque desgraciadamente seguimos –por lo general- con el otro sistema, el de soledad, acumulación de bienes y (evidentemente) malos humos.

De pequeños nos gustaban mucho los juegos en los que todos ganábamos y no perdía nadie. De mayores mutamos, y nos volvimos competitivos, sólo practicamos el “pierde-gana”, pero además en todas las facetas de nuestra vida. Y nos estamos volviendo cada vez menos humanos. Y, cada vez, menos felices.

Y aquí me vais a permitir una licencia. Como diría Enrique Bunbury: “de mayor voy a aprender a ser pequeño”… (extraído de su canción “De mayor”, del LP: Pequeño). ¡A ver si es verdad, que seríamos más felices!

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