Esta tarde, tras decidir ayer tomármela libre, he paseado por los aledaños de la Plaza Mayor de Cáceres y por el Paseo de Cánovas. Mi sorpresa ha sido encontrarme “rodeado” de jovencitos y jovencitas: novatos universitarios. ¡Qué envidia sana, qué alegría y qué nostalgia me han invadido!

No es para menos. Ahora recuerdo aquéllos mediodías y tardes en los que no existían preocupaciones ni converaciones que actualmente martillean mi cabeza. O palabras como “euríbor”, inflacción, estado de derecho, etc ni significaban nada para mí (entiéndase nosotros) ni tan siquiera circundaban nuestro aire. Y, entonces, y para todos, lo importante era estar con el grupo de amigos, conocer gente, ampliar esa pandilla, vivir sin preocupaciones y con mayúsculas. El mañana no existía más allá del siguiente examen o trabajo que se debía entregar.

Hemos cambiado. O nos hemos dejado cambiar, que lo mismo da. El resultado es el mismo. Antes hablábamos de sueños y soñábamos despiertos. Ahora tenemos “conversaciones adultas”. Pues sabéis que os digo, que ojalá alguien se hubiera metido esas conversaciones por el culo y nunca más hubiesen visto la luz. ¡Prefiero aquéllos tiempos!

A los afortunados que aún no os ha contaminado el mundo de las responsabilidades y el trabajo, sólo deciros que si lo percibís cerca corráis lo más veloz que puedan vuestras piernas.

(Desgraciadamente, para que unos estuviéramos libres de responsabilidades, otros tenían que asumirlas: gracias padre y madre).

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