Me he propuesto comentar unos párrafos de Paulo Coelho que me hicieron pensar mucho cuando las leí. Se tratan de palabras contenidas en su “El alquimista”. Y éstas son las primeras que voy a comentar, de un total de cuatro entregas comentadas que iré añadiendo semanalmente en esta bitácora. Espero que os guste.

“Conocía a mucha gente por aquellas zonas, y por eso le gustaba viajar. Uno siempre acaba haciendo amigos nuevos y no es necesario quedarse con ellos día tras día. Cuando vemos siempre a las mismas personas (…) terminamos haciendo que pasen a formar parte de nuestras vidas. Y como ellas forman parte de nuestras vidas, pasan también a querer modificar nuestras vidas. Y si no somos como ellas esperan que seamos, se molestan. Porque todas las personas saben exactamente cómo debemos vivir nuestra vida.

Y nunca tienen idea de cómo deben vivir su propias vidas.”

No sé si realmente se necesita algún comentario a tan acertadas palabras. Me temo que no, así que intentaré ser breve. En estos tiempos de egocentrismo nos es tremendamente difícil situarnos en el lugar del otro, ser empáticos. De este modo, no podemos ni pensar, ni sentir como nuestros iguales queridos, ni tan siquiera acercarnos a esas facetas. Sin embargo, tendemos a dar nuestra opinión y a intentar que prime nuestra opción vital o nuestro modo de actuar y entender la vida sobre el de los demás. Me temo que en muchas ocasiones es porque sino, de otra manera nos sería imposible justificarnos a nosotros mismos nuestras decisiones y comportamientos. Hay un ejemplo muy claro que ilustra esta actitud.

Muchas personas que beben alcohol o fuman y otro a su lado no lo hace (o lo ha dejado), pretenden que este último tome “una copita” o se eche un cigarro. Y lo hacen simplemente para justificar su adicción, pues si todos somos adictos, nadie es adicto. No sé si me explico bien. Tal vez quede más claro con un “mal de muchos, consuelo de tontos”. Pues esto se da día tras días en los rincones de nuestras ciudades. “Anda, échate un cigarro, que por unas calás…”. Y se trata simplemente de que no sabemos querer lo mejor para los demás, si no obligarles a entender que lo mejor es lo nuestro. (De veras, estoy harto de escuchar estas actitudes). Además, si uno se equivoca por sí mismo, por lo menos se sabe responsable e intentó lo que creía mejor para sí. Por el contrario, si te sientes mal o metes la pata llevando a cabo un sabio consejo de un amigo, ¿quién es el culpable del fracaso? Ambos, claro está; pero miras a la otra persona de una manera rara: “¿por qué coño le haría caso?”.

Al final me ha quedado “larguito”.

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