Sé que muchos no estaréis de acuerdo con mis criterios ni gustos musicales, pero para mí han sido, viernes y sábado, de músicas que merecen disfrutarse.

El viernes, con motivo del “Play!” cacereño, bailé, salté, canté y disfruté como un bestia, con los Niños de los Ojos Rojos (NOR). Fue un concierto muy movido, muy instrumental (hasta el exceso), lleno de invitados y colaboraciones, lleno de rabia (por aquello de cualquier tiempo pasado fue mejor, para nuestra ciudad) y con momentos para las reivindicaciones, por un mundo más justo y sin hambre; y sobre todo, para pasarlo en grande.

Sé que muchos (especialmente los cacereños) no pensáis lo mismo, pues nos cuesta aceptar que de casa salga algo tan bueno, pero ha sido el mejor y más movido concierto de todos los que he podido ver y escuchar en este festival.

Y, para no perderse un instante, hubo que correr para reírnos, entonar estribillos y llenar nuestros oídos de críticas más o menos veladas a nuestra sociedad con Albert Plà. ¡Qué grande es! Teatraliza las canciones, hace pausas expresivas, se carga a los EE.UU., a los políticos y a su madre si hace falta. Nunca había tenido oportunidad de asistir a un directo suyo y lo disfruté hasta el final (en el que se despidió echándose un cigarro mientras seguía sonando su voz en playback ante las risas y los ojos alargados por sonrientes de los espectadores). ¡Qué decir de Diego Cortés! Su acompañante a la guitarra española interpretó con ganas, entusiasmo y maestría. ¡Menudo animal! ¡Vaya solo de guitarra y percusión que se marcó!

Del resto de música de esa velada no destaco nada, porque no me parece bien perder mi sinceridad.

Y llegó el sábado: con su cansancio acumulado de llevar semanas sin dormir bien; con su intento de cañas que no fructificó; con su comida familiar; su siesta sin dormir… y su viaje a Mérida para gozar con Enrique Bunbury. Otro que o gusta o más bien se le tiene manía. Atragantamiento, para ser exactos, es lo que experimentan muchos. Y éste es un artista, no porque haya creado ni inventado nada, si no porque lo revisa todo a su manera personal, con influencias de acá y de allá, sin fronteras en gustos ni en patrias.

Y se comió al público, muy apetente, y a su música. Muy rocakanrolero, muy gesticulante -como de costumbre-, muy apasionado (mucho, de veras) y muy muy Bunbury, aunque se le escapase algún “enrique”. Su nuevo espectáculo bebe más del rock que de otros charcos y se nota: para bien en muchos momentos, y para añorar formaciones pasadas en otros, pues un violín o unos vientitos le habrían hecho mucho bien a canciones como “infinito” o “el extranjero”. Lo suplió todo con fuerza interpretativa, con guitarreo duro y rocoso, con acordeón y con carreras y poses escénicas. Fue un concierto tal cual es o tal cual está el maño. Es un intérprete, e interpreta su papel. Se encuentra en estado rockero, y así se muestra. Y eso es algo que nunca le podremos reprochar, hace lo que cree que debe hacer, aunque se equivoque. Y si no tiene fe en su espectáculo, en su banda o en sí mismo, cierra la caja de música y se coge unas merecidas vacaciones, que para eso lleva ya años en el espectáculo y tiene sus “ahorrillos”. Un disco suyo te puede gustar o no. Un directo te va a llegar, quieras o no.

Bueno, lo que iba a ser una crónica musical del fin de semana se ha quedado en un alegato a favor de algunos de los grupos y artistas que más me emocionan o me hacen sentir y pensar. Siento que el sendero haya cambiado de decoración sin pedir permiso, pero uno sabe qué quiere contar y cómo quiere hacerlo cuando empieza. Cuando mira atrás y observa las letras escritas se da cuenta de que la primera intención se quedó en el primer párrafo.

Un amigo suele decir: “Salud y rock and roll”, yo diría: “salud y músicas”.

Nota curiosa: a los NOR les ha entregado un premio el Ministerio de Educación y no sé cuanto más por ceder sus canciones gratuitamente a eventos deportivos más “trascendentes” y de discapacitados. Un aplauso para ellos y una bofetada para la política recaudatoria de nuestra SGAE.

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