Muchas son las ocasiones en que he hablado de este tema, he expuesto mi opinión ante un grupo de amigos o, simplemente, he pensado en ello. Se trata de cómo influyen en nosotros las personas que son mediáticas y reconocidas, además de reconocibles. De deportistas, políticos, escritores, cantantes, cineastas… a los que hacemos un hueco en nuestro corazón o entre nuestros odios más profundos.

Me explico:

Ahí están. Tan cercanos que se les puede tocar. “Tan hermosos y malditos” (extraído de tema de Bunbury). Levantando expectaciones y siendo modelos para la sociedad contemporánea. Son ellos, los cineastas, las modelos, los y las cantantes, los presentadores, periodistas… todas aquellas personas mediáticas que admiramos u odiamos. Nunca los hemos visto de cerca, y mucho menos hemos hablado con ellos o hemos tomado un café en su compañía, siguiendo una conversación normal, tipo fútbol, tiempo, película o serie de anoche. Y, sin embargo, nos despiertan emociones y sentimientos que ni nuestros propios vecinos llegan a despertarnos.

En este caso prefiero fijarme en lo positivo, en la admiración, en el creer en estas personas, en el tomarnos sus opiniones como si fueran palabra de dios. Ahí, frente a nosotros. Y sin embargo no pertenecen a nuestro mundo, no viven en nuestro barrio, ni compran el pan en nuestra panadería. Ahí están, en nuestros pensamientos, en nuestras conversaciones. Hacemos nuestras sus frases. Y los sentimos tan próximos que se pueden considerar nuestros amigos. Sí, nuestros amigos, aunque –claro está- es un tipo de amistad bastante distinta a la tradicional, pues sólo tiene un sentido, no es de ida y vuelta, sólo de ida. Tú le admiras, le aplaudes, le vitoreas, le escuchas, o le amas; y él o ella te ignoran, y no porque lo hayan decidido así, si no porque no puede ser de otro modo, ya que no te conocen. Tú a ellos sí, y mucho, o al menos a su imagen, a sus entrevistas, a sus palabras públicas.

Son tan importantes. Nos pueden emocionar escuchando una de sus canciones, sintiéndonos identificados con sus letras o con un personaje de su película, o con una frase soltada al vuelo frente a un micrófono, que nos golpea y nos hace pensar en toda su dimensión, cambiándonos, haciéndonos distintos a como somos.

En muchos casos esto es más que evidente, pues estás escuchando hablar en una entrevista o similar a alguien a quien te apetece escuchar, por quien sientes simpatía o incluso devoción, con lo que es más fácil estar atento a sus palabras y, así, es más fácil que éstas penetren en ti y te hagan ver algo de manera distinta a como lo veías con anterioridad.

Pero es que realmente hay personajes mediáticos que son ya parte de nuestra familia, son nuestros primos o puede que hasta nuestros hermanos. Te acompañan en el día a día. Rezas para encontrarte con ellos en el aeropuerto, a la vez que piensas que tal vez sea mejor no toparte con ellos y así no estropear el pedestal al que los tienes alzados. Te gustaría darles las gracias por lo que han sido y son para ti, abrazarlos y decirles “soy Israel, ¿qué tal estás?”, como si los vieses cada día. Cuando tienen un accidente o mueren te duele ahí dentro, y a algunos incluso les podemos guardar luto de una u otra manera. Yo mismo visité la tumba de un cantante cuando estuve en París, y le dejé un obsequio. Más bien dos. Uno más impersonal: un poco de bourbon derramado sobre la tierra que cubría su lecho de muerte. Y otro: una cruz que llevaba tiempo atrás como colgante, y que me regaló alguien que me tenía mucho aprecio. Un objeto mucho más personal e importante para mí. Cualquiera diría que mi conducta no es del todo normal, que se sale de lo habitual, pero estoy seguro de que también hay muchos que me comprenden y que no realizan actos parecidos en situaciones similares porque se sentirían avergonzados ante quienes les rodean. Seamos más naturales, por favor, y hagamos aquello que en cada momento nos apetezca y nos parezca bien.

Sí, estos son nuestros otros amigos, aquéllos que nunca sabrán de nuestra amistad. A los que queremos sin que nos quieran y a los que nunca disfrutaremos personalmente. No tendremos una conversación con ellos, ni les haremos compañía, ni lloraremos a su lado. Sin embargo, si conversaremos a cerca de ellos, nos harán compañía y lloraremos por ellos.

Y quien esté libre de pecado que arroje la primaera piedra: A ver ¿quién os iimporta sin haberle conocido personalmente?

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