Tercera entrega:

“(…) nadie siente miedo de lo desconocido porque cualquier persona es capaz de conquistar todo lo que quiere y necesita”.

Sólo sentimos miedo de perder aquello que tenemos, ya sean nuestras vidas o nuestras plantaciones.”

Resulta evidente que sólo podemos perder aquello que poseemos o creemos poseer. Sin embargo, es tan fuerte en ocasiones ese sentimiento de pérdida que intuimos al pensar en hacer algún nuevo plan, que muchas veces nos lastra de tal manera que no nos permite despegar y volar hacia otras realidades o hacia nuestros sueños.

Por desgracia, muchas conversaciones de las que he tenido con gente mayor o con gente simplemente adulta (siendo yo algo más joven de lo que soy) versaban sobre las oportunidades perdidas por cobardía. Y no hay nada peor que eso: sentir que no se tuvo arrojo para ir hacia algo que se quería o que, desde siempre, hemos sentido como nuestro sueño o nuestro destino.

Para mi desolación, he de confirmaros que yo mismo soy de esa clase de personas a quienes les cuesta mucho “liarse la manta la cabeza” y tirar “palante” sin pararse demasiado a pensar. Incluso considero ese reflexionar en exceso, una de las peores enfermedades que pueden “invadir” a un ser humano.

Estoy harto de ver a personas que hace no tantos años estaban cargadas de sueños e ilusiones y que, una vez iniciados en el mundo del trabajo, se han olvidado de todo aquello que deseaban o prefieren mantenerlo en su sombra interior para no enfrentarse con ello. Y todo esto sucede nada más que por ese jodido miedo a perder lo poco que tenemos, no parándonos a sentir y a pensar en qué es lo que realmente pensamos que nos hará felices.

Nos conformamos con la casa, el coche y la pareja o la familia, cuando debemos aspirar a mucho más. Somos animales sí, y con la supervivencia puede ser suficiente, pero… ¿y el resto? ¿Nos vamos a simplificar tanto? Parece que la respuesta actual es sí, pero debemos –y yo el primero- luchar contra esta respuesta y contestar no, y luchar para que ese no crezca y nos haga más libres.

No es fácil. Una vez instalados en la cotidianidad resulta muy complicado salir de ese cascarón protector que es “lo seguro” para aventurarse a buscar nuestros sueños. Sin embargo, ¡qué felices aparecen las caras, dibujadas ante nosotros, de aquellas personas que se han atrevido a caminar hacia el sendero que siempre les ha susurrado su alma! Son tan tremendamente felices que sólo de ver llegar su sonrisa, se nos contagian ambas emociones y se nos alarga la boca hacia los lados a todos los que tenemos la suerte de admirarles. Ahora… ¡toca empezar!

La siguiente entrega el lunes 17 de noviembre.

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