Nadie está libre de “esta lacra”. Auque el pie para escribir este artículo me lo dio la escucha de la radio hace ya meses, en la que se hablaba de la gente que ingresa en las sectas religiosas, creo que todos podemos reconocernos en ciertos comportamientos que se les achacaban a los integrantes de estas “organizaciones destructivas”.
Aviso antes de que sigáis leyendo de que éstas líneas son de esas que hacen mella en los lectores y lectoras y de las que no van a dejar indiferente a nadie, me temo. Y si es así es por la razón que ya apunté al inicio: porque todos podemos reconocernos en ciertos comportamientos que se les achacaban a los integrantes de estas “organizaciones destructivas”.
Vamos a ello…
En el programa de radio tres al que me refiero (de los primeros de la mañana, aunque no recuerdo cuál) se analizaba la reacción de los componentes de una secta. Y lo que es más duro y, supuestamente, más incomprensible: su negativa a abandonarla una vez son “conscientes” de que su pertenencia a la misma es absurda, dañina y básicamente un engaño. Y el autor del apunte (o libro) que parecía ser un psicólogo razonaba este comportamiento a todas luces absurdo del siguiente modo. Afirmaba que una vez perdido todo, como suele pasar con quienes pasan a formar parte de las sectas, el ser humano no es capaz de reconocerse a sí mismo tan estúpido e idiota; es decir, que siguen adelante por el simple hecho de que negar que han metido la pata hasta el fondo les haría polvo por dentro. Se trataría, a mi entender, de una especie de mecanismo de defensa. Así que, sintiéndonos perdidos y tontos tras haber perdido todas nuestras posesiones, amigos, familia, etcétera, en lugar de abandonar aquello que nos ha causado todo ese mal, esa problemática, seguimos inmersos en ella porque esa misma pérdida es tan fuerte y salvaje que salirse del juego nos haría entender que lo hemos perdido todo, por lo que seguimos en él negando que nos haya destruido y que nos ha despojado de todo, porque si lo reconocemos así, nada somos y nada tenemos.
Evidentemente quien lo explicaba en la radio lo hizo mucho mejor que yo, o eso me está pareciendo a mí ahora mismo, pero… no recuerdo su nombre.
Lo que a mí me toca y la conclusión a la que llegué con el autor de “divagaciones de un esclavo…” es que todos en una u otra medida, y siempre muy inferior a la comentada anteriormente; todos, decía, estamos dentro de ese “juego”. Comienzan las líneas que os harán enfadaros conmigo (de ahí que haya esperado a que se acabasen las navidades).
A ver, ¿os suena de algo alguna relación propia o de alguna amistad en la que hayáis percibido que una o las dos partes de la pareja camina hacia su propia autodestrucción y, sin embargo o muy al contrario, se aferra a seguir adelante con ella? Creo que no seré el primero que ha vivido algo así, en mis carnes u otras, que no se trata de personalizar. Pues bien, esa o esas personas, mantienen su relación llueva, truene, salga el sol por Valladolid o por Antequera. Ya podéis hablar con ellas, incluso algunas os reconocerán que se les hace imposible seguir así, que se hacen mucho daño, que el dolor es continuo, que no encuentran solución, que no comprenden a la otra parte ni sienten ya por ella lo que sentían. Sin embargo… nadie se baja del carro. Y este comportamiento se parece en buena parte al de los componentes de las sectas: sufren, pierden a seres (sobre todo amistades o familiares a quienes dan la espalda porque no quieren escuchar opiniones contrarias a su modo de vivir), no encuentran salidas y, finalmente, sólo se les ocurre “tirar palante”. No sé si es a esto a lo que se le llama una huída hacia adelante. Evidentemente no todas las parejas que pasan por problemas o a las que les va mal y lo saben,  llegan a estos niveles de sufrimiento y verse atrapados, pero todos sabemos que pasa. Y pasa.
Otro ejemplo. Los trabajos y sucedáneos.  En algún sitio escuché o leí que los jóvenes estamos muy preocupados por nuestro trabajo, tal vez porque a través de él –como todos- accedemos a los bienes materiales que nos brinda nuestra sociedad, y porque somos mucho más consumistas que nuestros mayores (y menos familiares). Pero esto no es lo que quería comentar. A lo que estamos, muchos de nosotros nos sometemos tanto a nuestro trabajo que nos olvidamos de otros muchos factores vitales que nos hacen mucho más felices, ya que –como decía- el trabajo sólo nos da aquello que se puede comprar, no lo que nos hace felices realmente. Acabamos una carrera que pouede no habernos gustado demasiado, pensando que cuando llegue la hora de poner manos a la obra todo será más divertido y nos gustará más. En la mayoría de los casos no es así. Después, aunque nuestro trabajo por razones de que no nos “llena” o nos gusta en absoluto, porque hay mal ambiente de trabajo, porque no es lo que realmente queremos, porque el jefe o la jefa es…  por lo que sea, no lo abandonamos (estoy hablando en general, hay casos de valientes…), sino que nos aferramos a él. ¿Por qué? Porque no nos atrevemos a buscar algo mejor; no creemos que merezcamos nada mejor; tenemos miedo a dejarlo todo y empezar de cero; o porque simplemente el trabajo nos da acceso a bienes o momentos que parecen compensar el daño que nos hace el primero. Y seguimos “erre que erre”, como los de las sectas y las relaciones destructivas.
El último, que tampoco hay que hacer tanta sangre. La “obligación” de tener hijos. Por supuesto que no es una obligación, pero hablad con mis padres, a ver qué os dicen. “Todos” los padres y las madres te cuentan las maravillas de ser precisamente padre o madre, y muchos lo dicen con sinceridad en sus ojos y en su voz. Sin embargo, yo no veo esa maravilla tan clara. He tenido alguna compañera que hablaba continuamente de lo lindas que eran sus niñas, que eran lo mejor que le había pasado, que… y en cuanto podía, se apuntaba a un curso o cualquier otra actividad por la tarde, lo que si lo unimos a que por la mañana trabajaba… ¿Conocéis a alguna persona que intente “escabullirse” de aquello que afirma que es lo mejor que le ha pasado en la vida? Yo sí, pero, claro está, sólo lo afirma, no es cierto, ni verdad lo que sale por su boquita. Pero sin irnos a casos tan patéticos, hablemos de gente más “normal”, padres y madres que quieren a sus hijos y quieren disfrutarlos. Entiendo y comparto que de pequeños somos maravillosos y una sola sonrisa nuestra bastará para salvarlos, pero ¿y todo lo demás? Y el no volver a ir a un concierto aquellas personas que aman la música, y no poder quedar a ver el fútbol con los amigos o amigas las personas que lo aman, o jugar partidos, o salir de fiesta, o… ¿Todo ese sacrificio es natural? No nos estaremos dejando convencer por nosotros mismos una vez metidos en el ajo porque ya no nos queda otra salida, lo que en este caso es bastante cierto pues un hijo o hija dura toda la vida. En la época de mis padres no se daba otra salida y todos lo asumían como natural: hay que dejar descendencia (ya lo sostiene la Biblia). Y cada vez es más difícil ser padres. Sin embargo, alguien tiene un niño, los amigos comienzan a tener otros… y cuando te das cuenta, como funcionamos como funcionamos, toda la pandilla aquella con la que saías a tomar una cerveza, echar un partido, ir de tiendas, hablar de vuestras cosas… tienen churumbeles colgados del brazo. Y todos, en público, afirman ser felices, pero a veces en un clima más íntimo te cuentan que…
También conozco casos de gente que tiene un montón de ganas de llevar a cabo un montón de proyectos distintos, que se dejan llevar en una conversación, que sueñan despiertos… hasta que tropiezan con su realidad y recuerdan que tienen unos pequeños esperándoles en casa y, entonces, o sabes anteponerlos a ellos y sabes que son tu proyecto y lo llevas con ilusión, o tu cara lo revela todo.
De los ejemplos expuestos éste es el que me cuesta más entender, pues yo ya he estado enamorado y ya trabajo desde hace un tiempo, y ya sabéis que nadie escarmienta en cabeza ajena, ni comprende algo hasta que lo sufre en su propia carne. De este último caso lo que sí me molesta es que la gente siga queriendo venderte la moto de lo mágico y maravillosa que son la paternidad y la maternidad, cuando les ves como les ves. Y con esto no quiero decir que todos aquellos que tienen descendencia sean o se sientan desgraciados.

Nada, que todos sabemos reconocer los síntomas en los demás y más en quienes consideramos “tontos”, como lo serían los integrantes de una secta, pero aplicárnoslo es otra historia. Y ya he dicho que hay niveles, eh, que no es lo mismo darlo todo y no querer salir de seguir a un “iluminado” con cuidar y querer a algo que te es propio, como un hijo.

Siento si he herido la sensibilidad de alguien. No era mi intención. Lo que quería resaltar es cómo nos “metemos en las cosas y después pasamos a ser verdaderos esclavos de ellas”, algo que a los componentes de una secta les podemos recriminar, pero que no sabemos reconocer en nosotros mismos, como tantas otras cosas.

P.D.: Una pista me ha llevado al autor y a la obra de la que os hablaba al principio. La palabra “unicornio” ha sido la culpable. El espacio u obra se llama “El hábitat del unicornio”, y su autor Luis Muiño.

¡Cómo hemos empezado el año, eh?

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