La nieve puede resultar molesta, por ejemplo, si eres de esas personas que les gusta “apurar” y cuando sales con prisa de casa, ves que todo está cubierto de nieve y vas a llegar tarde a una cita o el trabajo. Igualmente, que un esquí te golpee en la cabeza llovido del cielo, puede tener dos consecuencias (un fuerte golpe o un corte profundo) ambas poco recomendables.

Sin embargo, si unes ambos conceptos: nieve y esquí, la magia penetra por tus sentidos y envuelve tu cuerpo.

Estos dos útlimos días he tenido la ocasión de disfrutar de la tremenda y muy recomendalble experiencia que es esquiar. Y me considero un afortunado por ello. Afortunado por haberme calzado unso esquís, que no todo el mundo puede. Afortunado por haber ido con amigos y porque uno de ellos nos haya dedicado el tiempo suficiente como para que “esquiemos” (ujum). Y, sobre todo, afortunado por acumular una experiencia tan placentera como es descender una pendiente apoyado en unos alargados pies que no te pertenecen, deslizándote mejor o peor de un lado a otro, frenando, sintiendo la velocidad, la libertad, el viento helado en la cara, los copos que te persiguen a tus espaldas… Y todo ello rodeado de un elemento blanco que transmite paz y serenidad. Y las caídas no son caídas, sino una nueva oportunidad de levantarse y enfrentarse a uno mismo, de mejorar, de luchar contra la amiga nieve, que se disfraza de enemiga.

Todo esto es esquiar. Salga soleado o -como en nuestro caso- nublado y nevando. Todo esto y mucho más que espero tener oportunidad de vivir cuanto antes.

Animaos, que merece la pena. (¡Ssshhh! Y los golpes no duelen… que el manto de nieve es blandito).

Abrazos para tod@s. Y gracias a mis “compis” por brindarme esta “oportunidad” blanca.

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