Es una constante y es una realidad actual: Todos reclamamos la responsabilidad de los demás, pero nadie se acuerda de la suya propia. Tal vez por influencia del discurso de nuestros políticos, que siempre miran para otro lado cuando de achacar las causas de un problema a alguien y para sí mismos cuando es para repartirse flores porque algo marcha bien.

Y así nos va. Inmersos en un “escurrir el bulto” continuo. Y en un buscar excusas a través de todo tipo de explicaciones cuando hemos actuado mal o sosmo responsables de un hecho que ha acarreado problemas y negativas o graves consecuencias. Si hemos metido la pata, nos acordamos de aquella vez que la otra persona hizo tal y nos sentimos -al menos- con la posibilidad de haber cometido nosotros el verdadero error sin sentirnos tan culpables. O nos ponemos otras miles de excusas: es que lo hace todo el mundo; es que antes otra persona…; es que tal me tiene manía y entonces actúo así; es que en realidad yo no quería hacer eso, pero no me quedó más remedio; etcétera.

Ahora esto está ocurriendo con las facturas impagadas, que todo miran al anterior, es decir, yo no te pago porque a mí no me han pagado. Esto es algo que todos entendemos, pero que a uno no le paguen por prestar unos servicios o vender un producto no debe ser excusa para que ese mismo no pague a otro por prestarle un servicio o venderle un producto. Está claro que aquí los más sanguinarios y a quienes se les debe recriminar más es a las grandes empresas, que son además las causantes del problema. Sin embargo, eso no quita que cada cual tenga que asumir su responsabilidad y si a mí no me han pagado, ya intentaré buscar la fomra de que lo hagan, pero, mientras, debo ir haciendo frente a mis propias deudas de una u otra manera, sin excusarme en que como a mí no me han pagado un servicio yo no puedo pagarte el que me has dado tú. ¡Ya está bien!

Y así vamos actando mal y escondiéndonos detrás de la cobardía del mentiroso que se escuda en excusas. Y he de añadir que, además muchas de estas conductas y respuestas ante la adversidad son muy infantiles (es que Pepito también lo hace, es que él me pegó antes… ¿os suenan verdad?).

Pero no sólo me refería a cuando hacemos algo mal, a sabiendas o no, si no también a cómo todos y cada uno de nosotr@s nos vamos liberando de responsabilidades poco a poco. Tal vez sea más real de lo que parece que el actual ritmo de vida obliga un poco, pero no sé, yo no lo veo tan claro. Así, por ejemplo, nos vamos liberando de la responsabilidad del cuidado de nuestros mayores. Gente que nos ha consagrado su vida en las más de las veces. Ahora delegamos esa responsabilidad en las residencias de ancianos, donde estarán mejor atendidos, claro está. Pero también va ocurriendo con nuestros pequeños: algo que critico mucho, mucho, mucho. Por acumular más sueldo o más sueldos, nos desembarazamos de ellos, arguyendo la excusa de que necesitan máyor formación en actividades deportivas, informática, idiomas, música… en las horas en que podríamos ocuparnos de ellos con todo nuestro cariño. Y no digo yo que algunos de estos aspectos no puedan ser importantes, pero, realmente ¿se los recomendamos por su bien o por tener más tiempo para nosotros o nuestros trabajos?, ¿qué es antes, la elección de esa actividad o el no tener tiempo y entonces refugiarnos en dichas actividades? Yo opino que más bien y desgraciadamente la respuesta más común en la actualidad es la segunda.

No quiero decir que todo el mundo actué así, ni que tod@s lo hagamos por los mismos motivos de comodidad o falta de responsabilidad o de ganas de llevarla a la espalda, pero creo que empieza a ser un hecho probado y muy extendido. Además, como todo el mundo lo hace… nadie puede culpar a su vecino.


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