Hace unos días una de las lectoras, y colaboradoras o comentaristas habituales, dejó unas palabras a cerca de lo poco cívico que resulta dejar que un perro, de alguien, cague en la puerta de su peluquería casi cada día. Hoy vamos a tratar actitudes como éstas y algunas otras.

 Empecemos por el gilipollas del dueño del perro. Hay que tener muy mala baba o ser bastante malnacido para ir todos los días con nuestro perro a que éste haga sus necesidades delante de la puerta del hogar o el negocio de alguien. Las sociedades como la nuestra, que dan cabida a todo tipo de derechos y cada vez se preocupan menos por inculcar obligaciones, han dotado de espacios específicos para que nuestras mascotas liberen sus deshechos (“pipican”, muy pijo el término por cierto). Así, a este individuo que tiene adquirido el hábito poco social, maloliente y deplorable de llevar a su can a hacer de vientre delante de la misma puerta todos los días, habría que recordarle que, a no ser la de su propia habitación, es de mal gusto, poco respetuoso y nada correcto. Otra posible solución, si sigue con esta actitud tan cochina podría ser hacérselo entender cagándonos en la puerta de su casa una vez hayamos detectado dónde habita tamaño cerdo.

Sigamos por lo bien que nos sentimos cuando aparcamos ocupando nuestro sitio y asegurándonos medio más por delante y detrás (o a los lados). Quienes me conocen y han tratado frecuentemente conmigo saben que es algo que me molesta profundamente. La excusa de “es que así no me lo rozan”, me parece más una excusa. Yo aparco dejando mi coche más o menos cercano a los que ya están aparcados, tratando de así no comerme más aparcamientos, y rara vez me han rozado el coche. Además, hay que tener en cuenta que al gente actualmente está algo nerviosa -estresada por la velocidad vital actual- y cualquier día nos vamos a encontrar nuestro querido automóvil con mucho espacio delante y detrás o a los lados, pero rayado de tomo a lomo porque algún conductor más se ha hartado de gilipollas como nosotros que pensamos que toda la calle es para nuestro buga.

El tercer y último que pienso aportar de mi puño y tecla: pitar por pitar. Cualquier extranjero no muy listo debe de pensar que los españoles somos muy majos porque nada más cambiar el semáforo a su tonalidad verde avisamos veloces a los conductores situados más cerca del mismo. Nosotros mucho más realistas y bastante más brutos, sabemos que eso no es cierto, sabemos que hay mucho tocapelotas o tocapitos nervioso que parece no acordarse de que si quiere llegar antes a su trabajo, a recoger a sus hijos o al local de alterne de turno, sólo le basta con salir precisamente de casa antes. Tantos minutos como con anterioridad se quiera llegar. Pero aquí no somos así. Aquí lo que nos gusta es pitar y cagarnos en la madre del conductor que tranquilamente al ver el círculo verde, mete la primera y se limita a salir rumbo a donde quiera ir. Evidentemente al pitón poco le importa que sean las ocho de la mañana y que haya gente que aún no se haya despertado o que su atronador claxon no tenga un sonido precisamente melódico. Lo que mola es apretar fuerte el pito (la pita en Tenerife) y que empiece el concierto, con gritos e insultos si hace falta. Como soluciones propongo dos. La primera sería que si vemos al conductor de delante de nuestro vehículo que está en Babia y no ha visto el disco verde, nos limitemos -esperados unos segundos- a darle un fogonazo con la luz larga. Desgraciadamente esto implica que alguno de los que está esperando para salir disparado al trabajo dejando a su mujer en mejor compañía, se nos adelante y pite (¡Qué rabia! Pa un día que me levanto cinco minutos antes…). Otra solución es esperar a que el semáforo se ponga amarillo y dos segundos después, salir, dejando con el rojo de nuevo a nuestro amigo trasero. Él entenderá perfectamente nuestra actitud, pues es más propia de sí mismo que nuestra y nos la reconocerá con algún “¡Hijo de la gran puta!” mientras nos alejamos hacia nuestra meta. Pero realmente la única solución es juntar al del perro, al que aparca su coche como si fuera una furgoneta y al del claxon y encerrarlos tres meses en un poblado solitos. O se calman o se matan: ¡ECO!

¿Algún problema más?

 Pues ahora os dejo todo el espacio que deseéis para que realicéis cuantos comentarios y aportaciones queráis. Sobre todo me gustaría que dejaseis constancia de otras actitudes y hábitos antisociales que poco a poco van mimando nuestra paciencia y que propongáis alguna solución del tipo que os parezca oportuno. Eso sí, recordad que aquí estamos contra la pena de muerte, por lo menos contra que se nos aplique a nosotros.

 

Gracias, Mariky, ya ves que tu comentario me ha dado mucho juego.

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