Hace algunos fines de semana ya tuvo lugar una conversación entre mi hermano y yo en un pub de nuestra ciudad. Se trata de un bar nocturno de estos que ahora se denominan “de ambiente”, y gente sí que había, pero merecía más la conversación con mi hermano que todo lo demás.

Paso a diseccionarla…

Con mucho acierto o al menos el tino suficiente como para quedarte pensativo y crear la duda si no la tenías ya anteriormente, mi querido hermano me decía sin ambages ni tonterías, que para eso ya no eran horas, que todo esto de crear lugares, zonas o tiempos especiales para colectivos considerados o que se consideran especiales, más que integrarlos en la sociedad, lo que consigue es excluirlos aún más, por esa misma connotación de ser o mostrarse distintos.

Al reunirse, en este caso los gays u homosexuales, en sus propios locales, lo que genera es que no lleguen a mezclarse con el resto de la sociedad, en principio heterosexual, y que se creen guetos de ocio o, aún peor, “zonas vetadas” para el resto. Bien claro está, que lo normal es que la gente se junte y coincida en los lugares a los que acuden quienes tienen sus mismos gustos, pero también que eso llevado a un planteamiento más radical (ir sólo a… o “no permitir” al resto que…) puede llevar a lo contrario de lo que se supone que se pretende, que es el sentirse parte de algo, para volverse en contra de ese deseo y no llegar a la socialización total. Es decir, si te sientes  o quieres sentrirte parte de un colectivo y actúas de este manera, en realidad estás logrando mostrarte libremente y disfrutar de lo que te apetece, pero a la vez, renunciando y haciendo que otros renuncien a una total y completa exclusión de tu colectivo.

Es simple, si a ver un partido de baloncesto, una final con España, sólo fuéramos aquellos a quienes nos encanta de veras, estaríamos apartándonos del resto, y si no nos hace demasiada gracia además que ese resto vaya a verlo y nos mostramos “reticiencia” ante ellos, además estaremos privándoles de que conozcan eso y de que nos conozcan y nos acepten realmente a nosotros. Este ejemplo puede parecer muy tonto porque en parte lo es, pero la sexualidad de las personas es más serio y les acompaña todo su vida. Por eso debemos tratar de que todos podamos mirarnos sin sentirnos raros, podamos hablar unos con otros sin cierta de carga violencia en el ambiente y podamos, realmente entendernos y comprendernos. Sólo así se llegará a una mínima empatía, que es único camino hacia el respeto, más allá de que nos gusten más los pantalones o las faldas.

Evidentemente no pretendo que nadie haga algo que no le apetece, pero sí que se acabe con esta especie de “moda” de reuniones de colectivos que lo que consiguen es que sólo hablen entre sí personas que ya están de acuerdo antes de empezar la conversación y que, de esta manera, los demás no logremos comprenderlos realmente. Si a alguien le gusta el ajedrez y reunirse con admiradores de este juego, no le vamos a hacer que lo deje por otro, pero sí sería conveniente que intentase hablar no sólo con los fanáticos del ajedrez. Que se reúnan colectivos de amas de casa y excluyan a quienes trabajan o trabajamos además fuera del hogar; que se creen asociaciones de “singles” (solteros y solteras)… Todos estos grupos deben tener además un concepto más amplio y no caer en querer sentirse especiales ni en posicionarse radicalmente sobre cuestiones importantes. O iremos hacia atrás.

Y repito, si queremos que la sociedad avance y vayamos de la mano, es necesario que todos coincidamos y convivamos con todos en la vida cotidiana.

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