En las siguientes líneas el escritor polaco nos da su visión sobre el destino de aquellos que se muestran curiosos ante el mundo. Tremendo y muy acertado. ¡A degustarlo!
“No abundan, sin embargo, naturalezas tan fervorosas. El hombre medio no muestra especial interés por el mundo. A él ha venido y en él se ve obligado a vivir, y no tiene más remedio que afrontar este hecho lo mejor que pueda y sepa; cuanto menos esfuerzo le exija, tanto mejor. Mientras que la absorbente empresa de conocer el mundo requiere un esfuerzo gigantesco y una dedicación absoluta. La mayoría de la gente tiende más bien a desarrollar habilidades contrarias; mirar para no ver y escuchar para no oír. De ahí que la aparición de un personaje como Heródoto –un hombre poseído por la pasión, la maní y el ansia de conocer, dotado además de inteligencia y de talento para escribir- entre enseguida en los anales de la historia universal”.
(…)
“Personas como él (Heródoto), útiles para los demás, en el fondo son muy desgraciadas, porque a la hora de la verdad están condenadas a la más absoluta de las soledades. Es cierto que buscan a otros congéneres; pero incluso cuando –a veces- les parece que los han encontrado en tal país o ciudad, cuando ya los han conocido a fondo, un buen día se despiertan con la sensación de que nada les une a ellos, que pueden marcharse de ese lugar en cualquier momento, pues de pronto descubren que las ha deslumbrado otro país y otra gente, y que el acontecimiento que ayer mismo leas fascinaba ha palidecido, perdiendo todo sentido e importancia.
A la hora de la verdad no se atan a nada ni echan raíces profundas. Su empatía, aunque sincera, es superficial. Las pregunta por el país que más les gusta de cuantos han conocido les causa cierto embarazo: no saben qué responder. ¿Que cuál? De una u otra manera, todos; todos tiene su interés. ¿Que a qué país les gustaría volver? De nuevo, cuestión embarazosa: jamás se han planteado preguntas semejantes. Seguro que les gustaría volver a emprender un viaje, ponerse en camino. El camino: he aquí lo que anhelan”.

Ryszard Kapuscinski, “Viajes con Heródoto”. Traducción de Agata Orzeszek.

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