Nos las prometíamos muy felices al ver el grupo. Nos las prometíamos muy felices al ver nuestra preparación (sus resultados). Y nos las prometíamos muy felices durante el primer cuarto ante Francia. De ahí en adelante llegó la noche.
El grupo no funciona. El equipo no funciona. La dirección no funciona. Sobre todo el problema parece ser este último: tanto la dirección desde el banquillo como en la cancha son defectuosas.
Algunos jugadores parecen venir a demostrar algo, a buscarse un destino (equipo) para  el futuro o, simplemente, se muestran más impulsivos de lo acostumbrado años atrás. Más impulsivos y, al fallar en estas decisiones carentes de la mínima reflexión, más ansiosos y angustiados, ya que los errores parecen repetirse un día tras otro.
Que Ricardo Rubio se lance un contraataque estando solo y cuando ya hemos ido por debajo del contrario y hemos conseguido recuperar la ventaja (tres míseros puntos a favor) no es tanto problema si el entrenador de turno “se enfrenta” al jugador, le explica que… y lo sienta. Si otro jugador (Garbajosa, Rudy, etcétera) se lanza un triple en los primeros segundos de la posesión, sin rebote armado, sin posición y –lo más importante- con el rival acercándose cada vez más, no sería un problema tan grande si el entrenador… Si un jugador pierde un balón o se deja robar la cartera dos veces de la misma manera, debería haber alguien que lo sentase y hablase con él, pero ¿el entrenador? ¿Qué pasa con el entrenador? Tal vez no sepa gestionar este tipo de responsabilidad, no le guste ser el malo, o se sienta inferior que sus jugadores (mejor dicho sus estrellas) y no se atreva a corregirles.
España juega mal. Problemas de concentración. Problemas de fluidez. Y, sobre todo, problemas de confianza y de referencias acertadas en momentos clave. En defensa… es un desastre.
La defensa ya se resintió sin la participación de Jiménez: un baluarte en este aspecto y persona que hacía defender a los demás con su propio comportamiento en pista trasera. A esa baja ya se le unió la de Calderón el año pasado. Otro que ayuda mucho mucho en estas labores.
Los problemas de fluidez vienen un poco también por ahí. No hay un base que dirija con la necesaria soltura al equipo. Y los sistemas parecen no muy trabajados os e hacen muy lentos y evidentes. Rubio es un jugador que para generar juego (o su juego) necesita irse de su par y, a partir de las ayudas entre los contrarios, sacar ventaja para sus compañeros. Sin embargo, en dirección pura, se ve colapsado, o triste o falto de ideas. Esto, por supuesto, hace que en ataque juguemos mal.
Los problemas de concentración. O nos creemos muy buenos y que esto se gana sentados tomando una cerveza o me han cambiado al equipo (¡Ay, Scariolo! ¡Esta sí que es tu responsabilidad!). Los baloncestistas de nuestra selección juegan o muy sueltos (con el viento a favor) o muy agarrotados, en cuanto suena la corneta del equipo contrario. Todo esto con unos líderes claros dentro y fuera del parqué se lleva mejor. Demostrado quedó en el último europeo, cuando Pau Gasol tiró de galones y el equipo empezó a crecer a su alrededor. Este año no está Pau. Rudy ha asumido la responsabilidad que le correspondía a Navarro: mucho más decisivo y acertado que “el verdinegro” para momentos finales. Y no está Calderón, que aportase la calma necesaria desde el principio de la jugada y acabase así con las precipitaciones.
Quizá algunos jugadores necesitan conocer sus limitaciones: Rudy y Ricky Rubio especialmente. Quizá necesiten aprender a gestionar sus emociones y ansiedades y ganas de ganar el partido solitos cuando se aprieta éste o llegan los últimos minutos. Quizá alguien les debía haber explicado algo. Quizá hubo que sentarlos a la primera frivolidad en el primer partido y hasta el siguiente. Quizá, quizá, quizá.
Sin embargo, el pasado no se puede cambiar, pero el presente se escribe mientras tanto y el futuro es su consecuencia. ¿Qué? Nada, que si se ganan todos los partidos, seremos campeones. Que si aprendemos de nuestros errores y no los volvemos a repetir, seremos campeones. Que si apretamos los dientes atrás, cerramos el rebote, lanzamos cuando toca, pasamos al que está solo, confiamos en nuestros interiores, nos dejamos de frivolidades que no resuelven problemas, hablamos con el compañero… si jugamos a baloncesto como sabíamos y sabemos, el campeonato puede volver a ser nuestro.
Primera oportunidad de apostar por el cambio, ante Grecia. Nos esperan los lobos helenos…

Grecia y las cuentas de la vieja”.
Feliz andaba Grecia pensando que dejándose perder contra Rusia se quitaba de en medio el incómodo cruce frente a los nuestros y, de postre (o quizá de plato principal), frente a los estadounidenses. Si pensaban sobre todo en estos últimos, el “despiste” les salió bien. Si sus ojos también estaban puestos en nuestros representantes; metedura de pata a medias.
Y es que esto de andarse con la calculadora tirando de las cuentas de la vieja cuando se juega con ventaja, no siempre tiene por qué salir bien. En la última ocasión los helenos nos evitaron hasta semifinales, donde les vencimos. Pero ya digo que esta práctica suele dar problemas, ya que a veces rivales más asequibles a priori se rebelan como bestias negras o –como ocurriese anoche- otros equipos consiguen resultados no muy habituales o esperados y te estropean el invento.
Como todos sabéis, que la suerte de Grecia se cruce con la de España no me produce ninguna satisfacción, más bien al contrario, pesar. Y más tan pronto.

Ánimo, España.
Lo siento, hermanos.

¡Viva el baloncesto!

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