Ha llegado un momento en que sabemos demasiado. Hemos ido captando datos e interpretándolos y ello no nos hace mejores ni más felices. Más bien al contrario: hemos perdido inocencia y, con ella, ilusión. Hemos crecido lo suficiente y hemos aprendido lo suficiente para no tener claro nada y que nuestros objetivos se hayan quedado –con suerte- en lo personal y, por desgracia, en lo material.

Dejo una especie de lista de aquello que creo que sabemos y que ha contribuido a esta destrucción individual que nos afecta a todos, o la mayoría. Pido que añadáis aquello que os parezca. Es una lista abierta. Y eso son sólo ejemplos:

  • Sabemos que nuestras opiniones y las de nuestros padres no coincidirán demasiado, por mucho que nos quieran. Y que a veces esto nos hace sentir infelices.
  • Es evidente que los dualismos empobrecen y que elegir entre dos no es elegir. El noventa por ciento de las veces la liga se la repartirán Real Madrid o F.C. Barcelona y no es muy grave, pero en otros asuntos sí lo es. Ya sabéis que no estoy hablando de fútbol.
  • Todo el mundo engaña. Unos por necesidad o por vicio, otros por “salvarnos” de la verdad, pero la mayoría de las veces es por beneficio propio, aunque nunca se reconozca y se busquen razones que aceptemos los demás.
  • Somos números. Consumidores. Y el día que dejemos de interesar como tales, será tan fácil como dejar caer un producto a unos pocos de ríos o enviarnos una tormenta que nos arrase.
  • Tras la caída de un imperio se proclama otro. Casi nunca es mejor que se antecesor, aunque nos parezca que cada día somos más humanitarios.
  • Las circunstancias marcan demasiado. Y es difícl escapar a ellas. Si las superas, podrás llamarte hombre. La mayoría nos conformamos con las nuestras e incluso nos creemos afortunados.
  • Las vacaciones siempre se acaban y siempre enmarcan todo en lo maravilloso. La realidad cotidiana nos hace desgraciados porque no sabemos vivir sin rutinas ni disfrutar de la introducción de pequeñas novedades.

Ahora os toca.

Muchas gracias.

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