Anoche me llegó un mensaje. En medio de las muertes del gran Severiano Ballesteros y del ciclista Wouter Weyland, menos conocido y bastante menos cercano para nosotros, se ha producido otra que me atañe más de cerca. No os voy a engañar: no era una amigo cercano; no era una persona habitual en mi vida; ni siquiera era mi amigo. Era y es un gran recuerdo. El recuerdo de alguien que me dio un balón naranja. El recuerdo de mi primer entrenador de baloncesto. Alguien joven. Muchísimo entonces, unos diecisiete. Y mucho ahora, en el borde de la cuarentena.

Hace unos días falleció D.P. H. Deportista, joven, guapetón, buen estudiante, de Cáceres… son los calificativos que podría nombrar gracias a esos recuerdos en “la pista de cuarto-y-quinto”. Sin embargo, lo que mejor le definiría, o aquello que mejor nos enseñó y más se mantiene en mí, es lo que afirmaba mi amigo A. S. P. en su mensaje: la persona que “nos transmitió el valor del coraje”.

Seve ha sido muy grande. La muerte de un ciclista, por imprevista, es muy dura. Pero cada cual es posible que tenga algún deportista mucho más cercano  al que rendirle tributo y al que le debe más. Y ese era Pascual.

Gracias por darnos esas pelotas de minibasket acompañadas de trabajo y algún grito. Gracias.

Siempre estarás en el recuerdo de algunos de nosotros.

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