Después de que dominasen esta bitácora los artículos con contenido político, hacía falta volver a la vida cercana, al día a día. En este caso, centrándonos en aquello que nos supone una pequeña cuesta habitual, esa dificultad diaria, esa pequeña losa.

Vivir solo “mola”, pero no es precisamente fácil. Veamos por qué.

La comida y… ¡sorpresa!: no estoy hablando de prepararla, del tiempo y energía que se nos va en ello. Estoy refiriéndome a que la comida se vende para familias como formato habitual. Por tanto, si vives solo/a o comes tres días lo mismo (alternándolo con cenas), o cada vez que “abres” algo perecedero invitas a los amigos y amigas a casa, o se te caduca/ pasa todo. En mi caso, y tomándome como ejemplo evidente, cada vez que abro un bote de tomate frito, lo que no utilizo a la primera se me acaba estropeando. Y esto teniendo en cuenta que compro los envases más pequeños y al usarlo por primer vez reenvaso (coloco lo sobrante en un bote de menor tamaño: menos aire).  Esto (caducidades), además de afectar a la economía, molesta mucho.

Las tareas compartidas no lo son, por supuesto, te las comes solito. Poco más ensucian dos que uno, si exceptuamos los pelos, lo que muy de vez en cuando va al suelo (se nos cae como a idiotas) y partiendo de la base de que no somos unos cochinos/as, casi lo mismo da ser dos que uno. El polvo es el mismo (la cabeza a ver dónde se os ha ido); las lavadoras aumentan, pero eso casi es positivo porque no tienes que estar esperando tanto para… “de colores vivos”, “de colores oscuros”, “ropa blanca”; si eres hombre y como muchos (“I’m the first”)  no haces la cama habitualmente, te la puedes encontrar hecha antes de volver a ella (clara ventaja, sobre todo si te gustan las camas hechas, “espabilao”;  si hablamos ya de jardines, mascotas y otros, es evidente que salen ganando quienes comparten vivienda (con o sin situación sentimental de por medio).

El tema del orden. Y esta vez no me pongo como ejemplo, que ya es mucho descubrirme. Más desordenan dos que uno, y tres bastante más. Sin embargo, también es cierto (y aplicable a la limpieza además) que compartiendo piso tratas de dar buena sensación y guardarte tu desorden en tu bolsillo, es decir, intentas que no se note. Esto beneficia a cuantos conviven bajo un mismo techo, aunque no creo que dure para siempre esa actitud positiva.

Lo inesperado. ¡Vaya, hombre, te visita tu abuela! Viene desde el pueblo y hace meses que no la ves. ¿Cómo tiene que estar tu hogar, ese que nunca o pocas veces ha pisado? Si vives en pareja, casi solucionado, porque alguno de los dos no va a permitir que se viva en “una pocilga” o rodeados de desorden. Por el contrario, viviendo solos nos “dejamos ir más”, nos relajamos. Entonces, palizón. Nunca da tiempo a dejar todo presentable, pero… mejor queda. Esto es aplicable a las situaciones de reunión con amigos en mi casa, que nos gusta, nos hace sentir bien y demás. Tras invitar a los colegas, amigos, amigas o “equis más y”, te giras y ves tu piso, casa, apartamento: ¡manos a la cabeza! ¡Y es mañana piensas! O peor, ¡y llegan en tres horas!: la jodiste. Buenas intenciones… Tranqui, saldrá bien. Eso sí, las novias de tus amigos casi seguro pensarán de ti justo lo que eres (en casa, nos referimos). Aun a riesgo de parecer machista o de que no compartáis esto: los novios de tus amigas no pensarían lo mismo, sobre todo si tu televisor es lo suficientemente grande o si hay deportes en su pantalla. La oración no era intercambiable en términos de género.

Lo económico lo podríamos obviar, pero seguro que alguien “me partiría la cara”. Vivir uno solito, o una solita, es bastante más caro, sobre todo si analizamos los gastos inherentes a la independencia, al hogar: luz, agua, productos de limpieza, teléfono y/o conexión a internet y todo lo que se quiera añadir. Y eso que no he hablado del alquiler o la hipoteca.

Vamos a hablar de algo. ¿De qué? ¿Con quién? Tienes un problema; necesitas hablar; te ha ocurrido algo que merece la pena contar; estás charlatán; cualquier otra razón para “chascar” que se os venga a la cabeza. Nada. Vives solo, te la comes. Nadie al otro lado amigas, amigos. Nadie. Puedes coger el teléfono. Puedes invitar a alguien a casa. Puedes… ¡radiopatio no, por favor! Pero eso no cambiará la realidad, estás solo/a y lo común es que no tengas una conversación ni al llegar, ni al preparar la comida, ni comiendo, ni ni ni ni.

Bueno, y por mi parte está bien; creo. Ahora le toca a ustedes. Aportad otras situaciones negativas o pocas ventajosas de la independencia total, del vivir solito. Por mi parte he cumplido.

Ah, y de lo positivo, como ya se habla mucho y hay mucha “literatura” en la calle, ni merece la pena anotarlo.

Bueno, me voy a poner el disco que me parezca, que pa eso vivo solo. Y después una peli a mi elección. ¡Ah, no, hoy no! Hay que ordenar y después hacerme la cena: ¡pelis, os añoro!

Un abrazo.

(A ver cuándo empiezan a vender algunos productos en envases de menor tamaño o en menor cantidad: ¡me tenéis jartito, supermercados!)

Anuncios