En muchas ocasiones es mucho más fácil destruir o echar abajo algo que construirlo.

En nuestro país, desde hace muchos muchos años (algunos creo recordar que sitúan este fenómeno en el primer cuarto del siglo XX) se ha venido desprestigiando el trabajo de los empleados públicos. El famoso “vuelva usted mañana” (forjado en alguna anécdota de su autor) encontró rival en el “seguro que están tomando café” (más actual, parece) y se ha hecho común el pensamiento de que cualquier persona que trabaje en un ente público se pasa la mitad de la jornada en alguna cafetería o echándose un cigarro en la puerta en lugar de atender a su trabajo. Algo falso, pero muy repetido por quienes pasan a hacer gestiones en un organismo público (¿Jamás nadie ha pensado que el funcionario o funcionaria puede estar a. sacando algún documento de un archivo; b. reunido/a con un superior; c. atendiendo en otro puesto, etc?)

Pero dejando a un lado todo este “acerbo” de faltas de respeto tan populares, vayamos a lo que hemos venido a contar: ese desprestigio (patrocinado además por las esferas dominantes y la clase política en general) se acaba utilizando como medida de presión en cuanto se estima necesario, que suele ser a las primeras de cambio. De hecho, ante la deprimente situación económica que ha vendio sufriendo España en estos últimos años, lo primero que hizo el gobierno central y secundaron las administraciones autonómicas, fue congelar y reducir los ingresos, sueldos, de los empleados públicos. Así de claro, que para eso han sido los causantes de la burbuja inmobiliaria y quienes se han enriquecido con ella (¡madre mía!).

Todo comienza con el concepto de “funcionario o funcionaria”. Parece que nadie piensa en el bombero que pone su vida en juego durante un incendio, en la doctora que ha estado estudiando años y años de carrera y formación posterior para acceder y desempeñar su trabajo, en el militar al que destinan a países en guerra, la maestra que estuvo compatibilizando trabajo y preparación de oposiciones años y años y tantos y tantos otros trabajos que llevan a cabo los “funcionarios”, las “funcionarias”, que no se limitan al sellado de papeles ante una inmensa fila que no para de quejarse y, sin embargo, no es capaz de exponer en una sugerencia a la administración que quizá se necesite a alguien más en ese puesto.

De eso se ha tratado, se trata y se tratará, parece, de seguir echando mierda, mitificando las garantías y ventajas del empleado público, de desprestigiar su trabajo sin pararse a conocer su labor, de ensuciar su reputación, para -cada vez que le venga en gana al gobernante de turno- poder “achicar agua” por ese lado.

Evidente es que se nos utiliza de manera muy fácil, que se nos engaña como cuerpo torpe que somos el conjunto de la sociedad, pero alguien tiene que pararse a pensar y cuestionar no sólo los recortes en las pagas, no sólo la perdida de algunos derechos (días de asuntos propios, cobertura de bajas, etc) si no lo más básico, que es que al ciudadano pueda atendérsele con un mínimo de calidad, algo muy cuestionado al aplicarse la política de, por ejemplo, subida de ratio de alumnado en educación, retirada del horario de tardes en los centros de salud, cierre de algunos de éstos para no tener que pagar un sueldo público, abandono de la limpieza del bosque y el monte, y muchas muchas muchas más actuaciones bochornosas que sólo conllevan una pérdida de puestos de empleo, de tareas de prevención de problemas (fuego, salud) y atención al ciudadano y sus necesidades (educativas, sanitarias, de seguridad, etc).

Evidentemente, no espero la comprensión de la mayor parte de la gente que se acerque a estas líneas -y mucho menos tras comprobar como muchos/as aplaudieron los primeros recortes salariales sobre el funcionariado-, pero sí despertar un mínimo afán por el análisis, la búsqueda de la verdad y un mínimo sentido de empatía hacia labores muy necesarias en nuestra sociedad, mucho más que la de gobernar de la manera que se gobierna.

P.D.: Ahora parece que las fuerzas de seguridad del estado se han “revuelto” dados los últimos movimientos del gobierno. Sólo desear que sea verdad y que se pongan del lado del pueblo, cercanía esta que nunca debería perderse pues, al fin y al cabo, ellos son parte del mismo y deberían entender la necesidad de éste de reclamar y manifestar su opinión con la mayor libertad posible.

Anuncios