Rescato esta reflexión de la boca de uno de los personajes secundarios de “Contrarreloj” (Eugenio Fuentes, 2009) y os invito a su lectura y a pensar en ello:

Siempre he creído que hay dos juguetes imprescindibles para cualquier niño: un balón y una bicicleta. El balón para jugar en equipo y aprender a respetar al adversario, a cumpliar las reglas pactadas y a evitar tanto la humillación como la arrogancia, y la bicicleta para aprender el valor del sacrificio individual y del esfuerzo y del dolor y para conocerse a sí mismo.”

Como decía estas palabras son soltadas al aire por un personaje, el abuelo de un ciclista. Y él mismo se las cuestiona después. Y, precisamente, a eso vengo yo, a cuestionar algo que parece tan evidente.

Parece redondo:

– de un lado, deportes de equipo, bastante reglados, con relación entre compañeros y contrarios. Se supone que esto sólo nos puede mejorar como ciudadanos y como personas. Compartir, respetar, ayudar, derrotas y victorias en compañía… Todo ello debería hacernos más empáticos o “humanos”, como prefiráis. Sin embargo, estamos hartos de ver a deportistas de disciplinas en equipo que hacen trampas, intentan taparlas, critican a sus compañeros o entrenadores…  o incluso emplean la violencia.

– de otro, el esfuerzo individual (que nunca lo es del todo). Este parece más evidente que cumple su cometido de mejorarnos. Pero no siempre. Los medios, el entorno de estos deportistas (familia, amigos, arrimados…) suelen contaminar esa labor prácticamente solitaria y envenenar al joven que sufre, trabaja e intenta vencer cada día. Casos excepcionales, Rafael Nadal, tal vez el único, al menos conocido. Se ha creado una “moda” de no luchar contra uno mismo e ir a más cada día, sino de crear contrarios en los rivales, de subirlos y bajarlos del Olimpo a unos y otros. Moda que demasiado pronto deportistas y aficonados han incluido en su interior y creen sin plantearse una mínima duda.

Premios individuales en deportes colectivos; no reconocimiento de la ayuda prestada por los otros (entrenadores, compañeros, etc); portadas de diarios y revistas internacionales; falsedad, actuación-dramatización y trampas diarias; gloria e infierno agarrados de la mano dándose ubn continuo relevo y muchos otros aspectos han convertido al deporte profesional en algo muy alejado de la intención de este abuelo al regalarle a su nieto ese balón y aquella bicicleta. Es lo que hay, pero no por ello vamos a decir que sea positivo.

El deporte sin valores sigue siendo espectáculo, pero se acerca más al circo romano de las bestias que se despellejan, que a la belleza que destilan el esfuerzo, la lucha contra uno mismo y sus límites y el respeto a los demás.

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