Este artículo trata sobre una conversación tenida hace unos días con una fisioterapeuta y las reflexiones que le siguieron allí mismo y que posteriormente al venido iluminando mi cabeza. Si alguien espera algo relacionado con los recortes en Sanidad, con el aplastamiento de derechos de usuarios y trabajadores de dicho sector o algo parecido, puede abandonar ya esta lectura. El título reza SALUD, no Sanidad. Ese tema es otro. Este, a mi entender, más interesante.

Charlábamos cerveza en mano del caso de una mujer mayor, o anciana, que sufría, sufre y sufrirá de artrosis en sus rodillas. Mi amiga, la fisioterapeuta, le decía que ella la podía tratar para que mejorase, pero que de poco o nada iba a servirle a la susodicha paciente mientras no llevase a cabo algunos cambios o mejoras en su vida. Entre ellos se le ocurrió mencionarle -¡¡gran pecado y la peor de las noticias!!- que debería reducir su ingesta de alimentos, especialmente aquellos que son altos en grasas. También le recomendó hacer algo de ejercicio, del estilo caminar, dar paseos al atardecer con la luz del otoño dibujando sombras en su cara… Evidentemente, la mujer no lo tuvo claro. Respuesta aproximada: “es que a mí me gusta mucho comer”, a lo que añade: “y los bocatitas de patatera no me los voy a quitar”. ¡¡Dios mío, la entiendo!! ¡Patatera, manjar de dioses extremeños! ¡Energía de héroes lusitanos! (Una plegaria por Viriato). Y lo de “andar”… para qué contaros, que eso cansa, que se está mejor sentada viendo la tele, escuchando las chillidos entre personajes de la caja negra (ahora estrecha caja negra) y llenándose la cabeza de tremendas historias noveladas de ayer y hoy.

Dejando el intento de humor a un lado, centrémosnos en el caso. A esta persona, que llega a la consulta quejándose de grandes dolores en sus rodillas producto de su artrosis con -digamos- un evidente sobrepeso que agrava su problema articular, se le plantea que su dolencia será menor y se verá reducida mucho antes y de manera más duradera si toma medidas a su alcance que complementen el tratamiento de Fisioterapia. Ella, se niega. ¿Por qué? Porque le supone un esfuerzo. ¿Grande o pequeño?: Para gustos colores; a ella le parece excesivo, una auténtica montaña por escalar. Resultado: la fisioterapeuta no se atreve a tratarla porque sabe que no avanzará en su sanación y teme que la clienta-paciente acabe culpándola de su no recuperación. Y todo esto cuando curiosamente es la propia fisioterapeuta quien le indica otras actividades y le sugiere otras formas de prevenir o controlar la incidencia de su artrosis.

Para mí este ejemplo, más o menos estúpido o entretenido, deja a las claras un mal de nuestra sociedad muy extendido. Lo queremos todo y ahora (como diría J.D. Morrison), pero además, sin mojarnos el culo, sin esforzarnos lo más mínimo. Nos hemos acostumbrado tanto a que tomando una pastilla, o dos, o cien, o unos sobres disueltos en agua o zumo, nuestros síntomas dolorosos se mitiguen, se empequeñezcan o sean menores, que ahora cualquier detalle más allá, cualquier actividad o esfuerzo más que tengamos que hacer por nuestra parte nos parece algo innecesario, un capricho de las personas que tratan de curarnos y un exceso o algo muy duro de llevar. Y más allá de tener en cuenta que en la mayoría de los casos los medicamentos más que acabar con la enfermedad, simplemente camuflan al dolor o lo atacan y hacen desaparecer, sin dar fin a la enfermedad que los genera. Decía, más allá de esa consideración, se levanta hasta el cielo la realidad: nos hemos vuelto cómodos en demasía, también en los temas de salud. Holgazanes, haraganes, perezosos para cuidar nuestro propio cuerpo, nuestro templo. Y, mucho me temo, que en muy contados casos (cada vez menos) se repite este modo de actuar, el de la señora mayor, que prefiere seguir aguantando dolor que ayudarse a sanarlo. “Si me va a suponer mayor esfuerzo o si tengo que renunciar a algo, prefiero quedarme como estoy”: una pena.

Sólo si lo que nos proponen nos gusta (imagínense: comer helados de todos los sabores que quisiéramos para tratar la gripe) nos ponemos a ello. Y ahí entran algunas de las excepciones, por ejemplo, deportistas que les piden que hagan otra rutina, que estiren más antes y después del ejercicio, que les recomiendan otro deporte y este les hace gracia, etcétera y que “disfrutan” de ello, o no les supone mucho cambio o renuncia. Pero todo tiene su… su chinita: una lesión, una rutina de recuperación, una mejoría que le permita volver a su deporte habitual y, en la mayoría de nosotros, un abandono de los ejercicios, rutinas, estiramientos o lo que sea que ayuda a mejorar o prevenir esa u otras lesiones.

En esta sociedad el humano cada vez se vuelve más perezoso, incluso cuando se trata de su salud.

¿Triste? Real. 

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