Algo tal vez muy comentado. Algo tal vez que ha sufrido tal repetición que ha perdido veracidad o importancia. Pero ahí sigue, como una máxima, como una afirmación que sigue sembrando dudas. Dudas a la hora de decir “eso no se hace” o “vamos a prohibir esto o lo otro”, o como empieza a ser muy común “prohibamos esto aunque sea habitual entre la gente”, llevando la contraria a la vida diaria y sus usos.

Nada de ello, sin embargo, me desanima a publicar estas líneas encontradas en “Las aventuras del buen Soldado Svejk“. Un ejemplo más de la manera de pensar y actuar de muchos seres humanos. Abordar lo que se esconde, lo que no se permite, lo que nos situán más lejos o conlleva una pena o castigo.

Compartamos:

Durante mi encierro, sucedieron cosas increíbles en el cuartel. Nuestro coronel prohibió que los soldados leyeran cualquier coas, ni siquiera los diarios oficiales, y en la cocina se prohibió envolver nada con periódicos, ni siquiera las salchichas y el queso. A partir de aquel día, los soldados comenzaron a leer y nuestro regimiento se convirtió en el más culto del ejército. Leíamos todos los periódicos, y todas las compañías componían versos dirigidos contra el coronel. Y, cuando algo sucedía en la tropa, siempre había un benefactor dispuesto a transmitirlo al periódico con el título “Maltratos a los soldados”. Pero con esto no había suficiente. Escribieron a Viena, a los diputados, para que se encargaran del caso, y presentaban una interpelación detrás de otra diciendo que nuestro coronel era un animal y cosas por el estilo. Un ministro envió una comisión para que investigara el asunto, y entonces, a un tal Honza Hencl de Hluboka le cayeron dos años por haber sido él quien se había dirigido a los diputados de Viena a causa de un pescozón que le había dado el coronel en el patio de armas.

Su autor fue Jaroslav Hasek, checo de Praga, que escribió estas líneas dentro de la novela antes nombrada, con lo que conquistó la notoriedad gracias a la sátira y a las desventuras y anecdotario del protagonista, Svejk y su absurda participación en el invento más absurdo del hombre, la guerra. Posteriormente esta novela fue llevada al cine, en 1957, aunque un servidor no se ha sentido a visionarla.

Decidan prohibir o educar. Al menos la elección que no nos la prohíban.

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