Estos últimos días, tan entrañables y socialmente correctos, he tenido la ocasión de ver, charlar e intercambiar anécdotas, opiniones e información con gente que habitualmente no tengo cerca, al menos o ante todo, físicamente hablando. Tal vez sea lo más interesante de las vacaciones navideñas (para quienes las disfrutamos) y quizá me haya servido para coger una cierta distancia y analizar si somos quienes éramos, si tanto hemos cambiado o no y -lo primordial- si esta nueva versión mejora la anterior o… Sí, suena como es y es como suena.

Con la ventaja que supone el que por aquí ya no pasa casi nadie a dejarse la vista, me felicito por poder exponer de manera más cruda esas pequeñas luces que a veces se encienden en mi cabeza. Hoy, como va quedando claro: ¡Cómo hemos cambiado!

El coincidir, reunirse, hablar con personas que no ves tan a menudo supone una ventaja respecto a nuestro círculo más cercano y habitual. A saber: los cambios son algo más evidentes, al dejar un tiempo entre encuentro y encuentro, que esas “pequeñas adaptaciones” que sufrimos o promocionamos cada cual en nuestros propios gustos, actitudes, habilidades, compañías, valores… En nuestra personalidad, al fin y al cabo.

Todo cambio es evolución. No. Amigo, no. La evolución implica un cambio a mejor, un avance. Quizá no hemos avanzado demasiado en algunos aspectos importantes. En otros sí: (algunos) hablamos algo mejor inglés que hace unos años. Sí, comentario jocoso, pero por ser algo no tan trasncendental (un idioma extranjero) como lo realmente importante: mejora personal y avance en proyectos personales, laborales o de cualqueir otro tipo.

A menudo, o no tanto, coincidimos con esas personas a quienes les guardamos aprecio o cariño. Y con ese mismo aprecio y cariño nos esforzamos en escucharles y entenderles. Evidentemente, ninguno de nosotros somos objetivos y todo pasa por nuestra mente filtrado por nuestra propia vida, experiencia (valores, miedos, etc.). Al no poder ser objetivos, eso que nos cuentan lo valoramos y precisamente de eso trataban de hablar estas líneas (trataban, sí).

Al grano. No hemos avanzado hacia ningún lugar u objetivo cada uno de nosotros. Casi ninguno y casi nada. Si echamos la vista atrás y somos justos con nosotros mismos (aunque nos decepcione o duela), seremos conscientes de que nuestros proyectos (o sueños si lo preferís) han quedado relegados a un plano casi desaparecido y poco visitado. Hemos caminado hacia el bienestar, hacia la acumulación de bienes; hacia lo correcto según nos indica nuestra sociedad o nuestro entorno o, al contrario, a seguir siendo opositores ante nuestros adultos (ya casi abuelos) por una simple falta de madurez (y tiempo vivido y reflexionado); hacia la comodidad del camino marcado que no nos acaba de hacer felices, por mucho que sea lo que los medios, la gente, nuestros mayores o los recién llegados creen o creen creer y defienden (esto sí).

¿Dónde han quedado las ansias de hacer algo distinto, de evolucionar y hacer evolucionar a nuestra sociedad? ¿Dónde el luchar por algo más y mejor o, al menos, distinto, más personal o más cercano a nuestra personalidad (anterior) y nuestros valores (perdidos) y sueños (olvidados)? ¿Dónde el tratar de aprender algo de los demás en lugar del imponer “nuestra” (aquí me río) opinión o valores? ¿Dónde se llevó el viento, el tiempo todo ello? No, no fueron ni el viento ni el tiempo, fuimos nosotros, al perder de vista nuestra propia alma (si así queréis llamarlo) y caminar despacio sobre huellas ya marcadas en senderos ya desgastados por el transitar de todos los demás que nos antecedieron y que, como nosotros, tampoco se sienten más felices que hace quinces años, sólo más seguros de ir hacia “lo correcto”; tanto que incluso ellos, ellas, defienden esa camino correcto que a casi nadie le produce una felicidad mayor que la instantánea y altamente pasajera de colocar un nuevo televisor en nuestro salón.

No quiero con estas palabras molestar a nadie. Sí, provocar en cada cual un instante de reflexión y algunas preguntas: ¿esto es lo que quería? ¿lo que voy consiguiendo me provoca mayor “gozo mental” que aquello que voy dejando a un lado? ¿el sendero que sigo es el que he elegido o tan solo me he dejado arrastar por la corriente? ¿en qué medida me siento tan certero en el destino que voy labrándome como para criticar y querer que los demás me sigan?

Ya está. Al final me ha quedado un pequeño alegato hacia la individualidad, hacia la diversidad de modos de vida y pensamiento, más allá del estándar que tanto nos meten por los ojos (medios de comunicación) y oídos (sus altavoces nuestras amistades y familia). Si no hemos sido capaces de ser fieles a nosotros mismos al menos, dejemos de dar por el culo a los demás y permitámosles elegir su deambular. Abandonemos los paternalismos directivos y aprendamos de los demás, incluso a ver aquello que no queremos para nosotros.

 

Por un 2015 con gente más y más auténtica y menos estereotipos y gilipolleces repetidas en cada uno de nosotros. En mí, el primero.

 

Un posible camino

Un posible camino

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