Llevo años así. Unas veces sin ni siquiera darme cuenta. Otras, me golpea como una hoja caída, con suavidad, el rostro de mi entendimiento. En escasos momentos, me saca una estentórea carcajada que ratumba en los rincones de mi habitación o se extiende por el paisaje que me rodea, amigable. Su filo, a veces, penetra hasta mi profundidad y enciende mis neuronas o prende una alarmante llama en mi músculo de latir.

No me importa pasar tiempo con ella; gastar dirían otros, invertir prefiero creer yo. No me importa, disfruto, no me agota, aunque pueda cansarme por momentos. Me nutre, me aliña el alma y los pensamientos. Me lleva a escondrijos que no habría logrado visitar por mí mismo, sin su mano que me arrastra. Me hace envilecer con sus palabras: me arrastra a mis peores y más tenebrosos instintos. Me eleva hacia la admiración, la comprensión, la fraternidad. Me coloca ante mundos que quisiera vivir, de los que quisiera huir o que ansío visitar y compartir.

Sus palabras, sus textos, sus párrafos… me ayudan a olvidar y a recordar.

Nunca podré estar lo suficiente agradecido a nombres como Charles Dickens, Benjamin Black (o John Banville), Eugenio Fuentes, Leon Tolstoi, George Orwell o Anton Chejov, a los que me he ido arrimando últimamente. A Ryszard Kapuscinski, Mark Twain, Isabel Allende, García Lorca, Pablo Neruda, Fernando Pessoa y tantos otros de los que fui cogiendo afición por recorrer sus letras y las páginas de sus obras. Nunca conseguiré devolver ni una infinistesimal parte de lo recibido. Nunca.

Pero siempre, siempre estaré agradecido a este amor que entre todos y todas las escritoras que me han enganchado a esta pasión, me hace disfrutar de instantes originales, emotivos, fantásticos o dramáticos.

Gracias. Gracias. Gracias.

La literatura es mi amor. Ella bien sabe que tengo alguno más.

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