“Cierra” o cambia de manos, quizá de nombre, el María Mandiles. El verbo no es importante en este caso. La realidad se impone, absoluta y cruel.

Nos quedamos sin una referencia, nos quedamos -muy posiblemente- sin un pequeño refugio u hogar. Si afirman que los amigos son la familia que elegimos, ¿qué decir de los lugares de encuentro? ¿“Combustible para la amistad” os parece acertado? ¿”Excusa para el encuentro”? ¿”Lugar de reunión y alegría”, simplemente? Tampoco eso es importante. Lo transcendente, la pérdida, es lo que marca un antes y un después.

Llegar a un local y que Tolo o Sara te saluden con sincera alegría. Saltar un poco si suena esa canción. Reírnos de nuestras ocurrencias. Un guiño desde la barra ante alguna ligera maldad. Un aspirador dibujado por una canción seguido de una coreografía deficientemente feliz. Un arehúcas y muchas cervezas. ¿Algún malentendido? No, muchos; ninguno importante. Fotografías, buen ambiente, música que no cansa; caras habituales; sonrisas…

Otra referencia que se pierde. Otro local auténtico llevado por gente auténtica que se queda por el camino. ¿Quién conoce el futuro? La posibilidad de la “pub-fórmula” actual no resulta atractiva: postureo, música de moda; miradas vacías y pocos saludos reales. De eso ya hay mucho. De eso sobra.

María Mandiles, en la calle Sergio Sánchez de la extraña ciudad de Cáceres, echa el cierre. O cambia de manos, que eso es lo de menos. Lo que importa, la pérdida. Lo que queda: las sonrisa de Sara y Tolo, el cariño y los recuerdos. Porque bar también se acerca a la palabra hogar.

Mucha suerte. Queda camino.

María Mandiles

 

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