Hace unos días entregué este artículo para ser publicado en la revista “Nunca es tarde” del Centro de Adultos de Cáceres.

Sintiéndome en deuda con mis humildes y fieles seguidores, se me ha ocurrido darle salida también a esas líneas en esta plataforma. Seguramente la mayoría de quienes leéis esta bitácora no tendréis la oportunidad de haceros con el magazine, así que…

Qué mejor manera de empezar mayo que visitar una capital europea tan atrayente como Londres, ¿verdad?. Dejar atrás las más comunes alergias y enfrentarnos a plazas con nombres de batallas (Trafalgar) o sonoros (Picadilly), ver estatuas de escritores tan reputados como Shakespeare o llenar nuestras retinas de arte con los frisos griegos, los vestigios asirios o pintores de todo estilo, como Boticelli, El Greco, Caravaggio, Velázquez o William Turner.

Algunos sustos solventados con espartana y veloz organización y con algo de suerte empezaron a enmarcar esta pequeña aventura londinense como el resultado que se anuncia en el título de estas líneas. ¿Es posible coordinarse? ¿Somos capaces de ceder ante el interés común dejando atrás nuestros propios gustos? ¿Somos conscientes de que pertenecemos a una estructura o equipo y actuar en consecuencia?

Estamos hartos de ver que a nuestro alrededor cada cual antepone sus “luchas”, valores e intereses a los del resto. Y escribo “hartos” porque muchas de esas personas toman decisiones que nos afectan al resto. Claro ejemplo, nuestros maravillosos políticos de ayer, hoy y quizá siempre. También conocemos casos más “terráqueos”, la señorísima vecina que se salta la norma de la escalera y actúa como bien la da la gana o como sus ovarios deciden según el momento.

Ahora, ejemplificada la duda, repito la cuestión: ¿es posible que un grupo de más de cincuenta personas anteponga los intereses comunes a los individuales de cada sujeto, pareja o grupúsculo?

Estos días pasados quedó demostrado en la capital inglesa que incluso los sueños pueden tomar forma. Todo es posible. ¿La clave? Quizá, aunque pueda equivocarme, sea precisamente el sentirse miembro de algo, un equipo excursionista en este caso. Entender que si alguien no llega a un museo o no se baja en la parada de metro oportuna, perdemos todos. Comprender que para que todo funcione, debemos funcionar cada cual mirando al vecino. Caminar juntos, aunque sea estirados, hasta el final. Entonces en el claro del bosque aparecerá un destino llamado Esperanza. La esperanza de encontrar un grupo de personas que se complementa, cede si es necesario, se respeta y se divierten juntos. La esperanza de que pequeñas semillas como esta germinen en estructuras mayores y nuestro futuro se dibuje, allá al fondo, más alentador.

Gracias adultas y adultos por vuestra conducta ejemplar y ejemplificante; gracias compañeros y compañeras por vuestro compromiso y energía; gracias Londres por ser la excusa para encontrar un camino de ESPERANZA.

 

Como foto os dejo una que no aparece en el original de “Nunca es tarde”.

London 2019 - escaleras de metro con alumnos

Foto tirada al modo “selfie” por Manuel.

Saludos y esperanza.

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