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Entrada patrocinada por Petros Markaris, que se nos va haciendo famoso en “puntasconresaka” (como si no lo fuera ya) y se convertirá en habitual o algo mejor.

¿Siempre resulta positivo compartir un problema con alguien escuchándonos al otro lado? La sabiduría popular, las series televisivas y el común de los occidentales pensamos que sí, pero aquí llega nuestro comisario favorito para poner en tela de juicio esta creencia tan arraigada. Veamos el caso:

Desde anoche me atormenta un dilema: ¿debo contar a Adrianí y a katerina* que me han apartado del servicio? Por lo general, compartir un problema con alguien es como pedir un préstamo: de momento representa un alivio, pero después hay que pagar a plazos la ayuda recibida. Si confieso el trance en que me hallo, sin duda me sentiré mejor, pero Adrianí se pondrá en pie de guerra para evitar (…) y me someterá a una auténtica represión: Además existen otros argumentos adicionales a favor del silencio:” y nos habla de no querer preocupar a su hija ni crear un ambiente de tensión para recibir -en cena familiar- a la pareja de ésta. Lee el resto de esta entrada »

No seré tan tajante. No me dejaré llevar por la lectura de un artículo maravilloso de Luis Muiño. Pero sí cuestionaré algo ya de por sí muy en tela de juicio, como es celebgrar como celebramos las fiestas navideñas. ¿Es necesario “tanto enreo”? ¿Por qué es “obligatorio” ser felices? ¿No voy a poder escuchar buena música en nintún sitio estando fuera de casa? Y sobre todo, leed:

“En estas fechas tan señaladas”.

El protagonismo, todo para él.

Los excesos, me temo, todos para nosotros. Deberíamos ser algo más sinceros con nosotros mismos: felicitar sólo a quienes nos apetezca o de quién nos acordemos de veras; abrazar a quien solemos abrazar; estar contentos o no según nos levantemos; cantar lo que nos apetezca… Hay que intentar disfrutar, liberarse de las cargas del año y pasarlo bien, pero sólo si nos apetece. Lee el resto de esta entrada »

Después de que dominasen esta bitácora los artículos con contenido político, hacía falta volver a la vida cercana, al día a día. En este caso, centrándonos en aquello que nos supone una pequeña cuesta habitual, esa dificultad diaria, esa pequeña losa.

Vivir solo “mola”, pero no es precisamente fácil. Veamos por qué.

La comida y… ¡sorpresa!: no estoy hablando de prepararla, del tiempo y energía que se nos va en ello. Estoy refiriéndome a que la comida se vende para familias como formato habitual. Por tanto, si vives solo/a o comes tres días lo mismo (alternándolo con cenas), o cada vez que “abres” algo perecedero invitas a los amigos y amigas a casa, o se te caduca/ pasa todo. En mi caso, y tomándome como ejemplo evidente, cada vez que abro un bote de tomate frito, lo que no utilizo a la primera se me acaba estropeando. Y esto teniendo en cuenta que compro los envases más pequeños y al usarlo por primer vez reenvaso (coloco lo sobrante en un bote de menor tamaño: menos aire).  Esto (caducidades), además de afectar a la economía, molesta mucho.

Las tareas compartidas no lo son, por supuesto, te las comes solito. Poco más ensucian dos que uno, si exceptuamos los pelos, lo que muy de vez en cuando va al suelo (se nos cae como a idiotas) y partiendo de la base de que no somos unos cochinos/as, casi lo mismo da ser dos que uno. El polvo es el mismo (la cabeza a ver dónde se os ha ido); las lavadoras aumentan, pero eso casi es positivo porque no tienes que estar esperando tanto para… “de colores vivos”, “de colores oscuros”, “ropa blanca”; si eres hombre y como muchos (“I’m the first”)  no haces la cama habitualmente, te la puedes encontrar hecha antes de volver a ella (clara ventaja, sobre todo si te gustan las camas hechas, “espabilao”;  si hablamos ya de jardines, mascotas y otros, es evidente que salen ganando quienes comparten vivienda (con o sin situación sentimental de por medio).

El tema del orden. Y esta vez no me pongo como ejemplo, que ya es mucho descubrirme. Más desordenan dos que uno, y tres bastante más. Sin embargo, también es cierto (y aplicable a la limpieza además) que compartiendo piso tratas de dar buena sensación y guardarte tu desorden en tu bolsillo, es decir, intentas que no se note. Esto beneficia a cuantos conviven bajo un mismo techo, aunque no creo que dure para siempre esa actitud positiva. Lee el resto de esta entrada »

Hace algunos fines de semana ya tuvo lugar una conversación entre mi hermano y yo en un pub de nuestra ciudad. Se trata de un bar nocturno de estos que ahora se denominan “de ambiente”, y gente sí que había, pero merecía más la conversación con mi hermano que todo lo demás.

Paso a diseccionarla…

Con mucho acierto o al menos el tino suficiente como para quedarte pensativo y crear la duda si no la tenías ya anteriormente, mi querido hermano me decía sin ambages ni tonterías, que para eso ya no eran horas, que todo esto de crear lugares, zonas o tiempos especiales para colectivos considerados o que se consideran especiales, más que integrarlos en la sociedad, lo que consigue es excluirlos aún más, por esa misma connotación de ser o mostrarse distintos.

Al reunirse, en este caso los gays u homosexuales, en sus propios locales, lo que genera es que no lleguen a mezclarse con el resto de la sociedad, en principio heterosexual, y que se creen guetos de ocio o, aún peor, “zonas vetadas” para el resto. Bien claro está, que lo normal es que la gente se junte y coincida en los lugares a los que acuden quienes tienen sus mismos gustos, pero también que eso llevado a un planteamiento más radical (ir sólo a… o “no permitir” al resto que…) puede llevar a lo contrario de lo que se supone que se pretende, que es el sentirse parte de algo, para volverse en contra de ese deseo y no llegar a la socialización total. Es decir, si te sientes  o quieres sentrirte parte de un colectivo y actúas de este manera, en realidad estás logrando mostrarte libremente y disfrutar de lo que te apetece, pero a la vez, renunciando y haciendo que otros renuncien a una total y completa exclusión de tu colectivo. Lee el resto de esta entrada »

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