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Ver la columna en tu propio ojo y la espiga en la del ojo. Una vuelta de tuerca que no suele darse entre la especie humana. El primer culpable, uno mismo. La originalidad perdida. La megalomanía, de moda.

Sí, nadie es único, ni quienes seguimos en vida, ni quienes tuvieron vida pública y mueren. Con la despedida popular y popularizada de Adolfo Suárez se cumple esta máxima y se añade un nuevo ejemplo a la moda de este nuevo turismo: visitar tumbas. En este caso, además -como en otros, que ya hemos dicho que el hombre tan original no es- turismo en el momento álgido: sepelio y homenaje público.
No estoy tratando de criticar nada, sólo de reflexionar o sacar a la luz un hecho cada vez más repetido, más social y más “usado”. Mucho me temo que hay que añadir a “la visita cultural” del féretro (o posteriormente la tumba), la misa o la asistencia al desfile, que en ocasiones los hay, otros elementos. En primer lugar, el sentirse el más o uno de los más acérrimos seguidor/es del personaje que abandona este mal llamado valle de lágrimas. Otro el seguir la corriente, como ya hiciera Vicente, que tanto nos gusta y tan en miembros del clan nos convierte. En realidad, dos fuerzas opuestas que se unen por unos días o momentos y nos impulsan hacia el mismo destino: la lápida del personaje público o el olor a flores marchitas de un sepelio. Una nos haría sentirnos parte de un clan, como decía, es decir, en consonancia con el resto; la otra, la primera, especiales, distintos. Curiosos sí que somos, originales…
Y aunque el tono de estas líneas suene como tintinea, irónico quizá, jocoso casi seguro y crítico casi desde el inicio, afirmar (¡cómo no!) que yo ya lancé mi piedra: Pere Lachaise y su pintarrajedo espacio dedicado a J.D. Morrison; Eslovenia y el castillo de Erazem Lueguer; o Skiathos y la visita a la casa de Papadiamantis. Estas dos últimas, para más INRI, sin ni siquiera haber conocido previamente al “Robin Hood” esloveno ni al escritor griego. Y la promesa de que cuando algunos que admiro emprendan viaje hacia lo desconocido, haré turismo y aprovecharé para visitar (o revisitar) sus ciudades o pueblos y sus tumbas.

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